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Se cumplen 123 años de la ordenación sacerdotal de Don Orione

El 13 de abril de 1895, el diácono Luis Orione, fue ordenado por Mons. Igino Bando en la capilla del Obispado de Tortona.

Ese día, Sábado Santo, estuvieron presentes: mamá Carolina, sus hermanos Benito y Alberto, sus tíos, Carlín y Cristina, otros parientes y algunos representantes del Colegio “Santa Chiara”, dirigido por Don Orione, ya que la capilla no era muy grande. 

Uno de los presentes, el P. Juan Balduzzi, recordando ese día testimoniaba: “Resuena todavía en mis oídos el vigoroso aplauso, lleno de entusiasmo, con fue acogido el novel levita, que se disolvía en lágrimas. ¡Cuánto sentimientos estaban expresados en aquellas lágrimas!” Luego, agrego el Rector del Seminario, Mons. Novelli: “hubo un hombre enviado de Dios, cuyo nombre era Juan” (recordemos que Don Orione se llama Juan Luis).

Recordatorio de la ordenación escrito a mano

El capuchino P. Alejando de Cumbels, quien se ordeno junto con Don Orione recuerda: “Ya han pasado 48 años de aquel día de felicidad y grata memoria y recuerdo muy poco de aquel día, pero puedo decir que ya desde entonces Don Orione era estimado como un santo, y para mí fue siempre grata la pensar que fui ordenado con un santo. Recuerdo muy bien que ya entonces era considerado por todos como un segundo Don Bosco; especialmente por su gran celo por la salvación de las almas en particular de la juventud”.

Su primera misa la celebro en el Colegio “San Chiara” y la segunda en la Cárcel de Tortona, donde se había hecho amigo de los detenidos.

Recordando su primera misa, escribía Don Orione: “Para los que trabajan conmigo en la Pequeña Obra, cuando recé la primera misa, pedí a la Virgen que me otorgara tres gracias: pan, paz y paraíso; y tengo razón para creer que la Virgen nos obtuve estas tres gracias…”

En 1917, Don Orione escribía la visión del sacerdote. En este escrito espiritual podemos ver su corazón de pastor.
            “La finalidad del sacerdocio es salvar las almas y buscar, especialmente, a las que se van alejando de Dios y perdiendo. Y cuando vuelven debo darles la preferencia, no por compasión sino para ofrecerles el consuelo paterno y la ayuda, dejando, si es necesario, las otras almas menos necesitadas de asistencia. Jesús no vino para los justos sino para los pecadores.

            Preservarme, pues, Dios mío, de la funesta ilusión, del engaño diabólico de que como sacerdote debo ocuparme sólo de los que vienen a la iglesia y a los sacramentos, de las almas fieles y las mujeres piadosas. Seguramente, mi ministerio resultaría más fácil y agradable, pero yo no viviría del espíritu de caridad apostólica hacia las ovejas perdidas que resplandece en todo el evangelio.

            Sólo después de haberme agotado y muerto tres veces corriendo en pos de los pecadores, sólo entonces podré buscar algo de descanso con los justos.

            Que nunca me olvide de que el ministerio que se me ha confiado es un ministerio de misericordia, y que use con mis hermanos pecadores un poco de esa caridad infatigable que tantas veces usaste con mi alma, Dios mío”.

Fuente: Lo que yo recibí

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