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Don Orione y la Virgen de la Guardia: Devoción, Fe y Providencia

Don Orione sentía una gran devoción por Nuestra Señora de la Guardia, y su vida estuvo marcada por la patrona de Génova. Hoy, como cada 29 de agosto, la Iglesia celebra su fiesta.

Don Orione era un ferviente devoto de la Virgen de la Guardia. Cada vez que tenía que tomar decisiones importantes, iba a pedir consejo a María. Esta ardiente fe tuvo un episodio muy representativo. Don Orione pasó una noche entera en oración, arrodillado al frío, frente a la entrada a la capilla de la Aparición antes de lanzarse a la gran aventura de adquirir el Paverano para construir un Cottolengo, un gran edificio donde soñaba recibir a tantos pobres y enfermos. Y la Virgen no lo abandonó: hoy el Paverano con sus más de 600 asistidos y sus 400 trabajadores, es la expresión más grande de la caridad presente en Génova. Este hecho se recuerda hoy con una bella estatua, de modo que quien sube al santuario puede ver a Don Orione arrodillado sobre los escalones de la capilla como en aquella noche.

don orione virgen

Don Orione, al igual que Benito Pareto, era hijo de gente pobre, también él andaba dando vueltas buscando ayuda para construir en su pueblo Tortona un santuario dedicado a la Virgen de la Guardia. Soñaba que sobre el campanario de la iglesia hubiera una gran estatua de la Virgen Guardiana para todo el pueblo tortonés y por eso comenzó a recoger las ollas de cobre rotas e inutilizables. Pronto se le conoció en los campos del Piamonte como “el cura de las ollas rotas”. Parecía que juntaba basura, cosas que la gente tiraba, pero en cambio fue el iniciador de la construcción de la colosal estatua que hoy se ve brillar como oro desde lo alto del campanario de Tortona.

En nuestro país, Don Orione y la Virgen de la Guardia cruzaron caminos una vez más. En febrero del 1922, recién llegado a la Argentina, le ofrecen hacerse cargo de la iglesia de Victoria, por ese entonces Capellanía de San Fernando: el templo estaba abandonado por falta de personal consagrado.

Cuando Don Orione llegó al lugar, parece que no se sentía muy bien y estaba preocupado por decidir qué obra debía aceptar de las varias que le habían ofrecido. De pronto, al ver una estatua que había descubierto en el templo, alzó los brazos y exclamó con alegría: "¡¡¡Es la Virgen de la Guardia!!! Vine a la Argentina con la intención de construirle una iglesia a la Virgen, pero Ella fue mucho más diligente, me ganó de mano...¡¡¡y me la da ya hecha!!!".

Así se fueron todas sus dudas y aceptaba la Iglesia de Victoria, primera casa de Don Orione en la Argentina.

La historia de la Virgen de la Guardia

virgen de la guardia

En el siglo XV, Benedicto Pareto, un humilde campesino de Livellato, pequeño pueblo próximo a Génova, vivía con su esposa y sus dos hijos, Bartolomé y Pascual.

Una mañana, como acostumbraba hacerlo, cuidaba sus ovejas en espera del almuerzo que a diario le alcanzaba su mujer cuando, súbitamente, se le apareció una señora de bello aspecto, resplandeciente como el sol, quien le habló dulcemente y le solicitó que le construyese una capilla sobre la ladera del monte. Y al decirlo así, extendió su mano señalando el lugar.

 

Al ver que hablaba con la mismísima Madre del Redentor, Benedicto cayó de rodillas diciéndole que, pobre como era, le resultaría imposible concretar el pedido. “No temas – le dijo la Virgen – pues recibirás toda mi ayuda”.

Accidente y curación milagrosa

De regreso en su casa, el pastor, preso de viva excitación, narró lo ocurrido a su familia, recibiendo como respuesta que se estaba volviendo loco y que el pueblo entero se mofaría de él. En vista de ello, Benedicto decidió olvidar lo acontecido y seguir su vida normalmente.

Unos días después, se hallaba en lo alto de una higuera cuando la rama sobre la que se hallaba parado se quebró. Benedicto cayó pesadamente al suelo, fracturándose ambas piernas por lo que debió guardar cama varios días. Mientras convalecía, se le apareció nuevamente la Virgen que, con tono suave y delicado, le reiteró su pedido.

Pareto comprobó emocionado que sus heridas habían sanado y que ya no padecía dolores, novedad que corrió por todo el, pueblo, despertando el asombro y curiosidad de sus habitantes y la sorpresa de su familia.

Un pueblo dedicado a la construcción del templo

Con la ayuda de sus hijos y el vecindario, Benedicto comenzó a construir la capilla, tarea a la que se sumó la familia Ghersi, aportando una importante suma de dinero y una bella imagen de mármol para el altar, que representaba a Nuestra Señora con el Niño en brazos.

Cuando el templo estuvo terminado, comenzaron a acudir los fieles en gran número. Sin embargo, poco después se pudo comprobar que no era suficiente para tantos, razón por la cual, se decidió levantar una iglesia mayor, capaz de recibir a las grandes multitudes que llegaban permanentemente del norte de Italia y de la misma Francia.

En 1530 comenzó a edificarse un nuevo santuario que sería reemplazado en 1890 por la grandiosa basílica actual.

La inauguración del Santuario en Tortona

El 29 de agosto de 1931, Mons. Grassi, a la sazón obispo de Tortona, abría solemnemente al culto el santuario de Nuestra Señora de la Guardia, triunfo de la fe cristiana y de María.

Nota insólita y simpática, los jóvenes seminaristas de Don Orione que habían sido los esforzados “peones de la Virgen” trabajando duramente en la construcción del santuario, desfilarán en la procesión portando no imágenes sagradas ni cirios encendidos, sino carretillas, palas, y otras herramientas de trabajo.

Don Orione manifiestaba entonces certezas de santo: “¡Tortona, cántale a Dios un canto nuevo: la inauguración de tu santuario es una aurora! ¡Serán muchos los que alzarán su mirada a ti! ¡Cuántos serán -y de cuantos caminos- los que encaminarán sus pasos al santuario, deseosos de una renovada vida de fe, de una vida cristiana y ciudadana honesta, sedientos de amar a Dios y a los hermanos, de servir a Cristo en los pobres y los huérfanos; en humildad, caridad y trabajo! ¿Ves, Tortona, esos pequeños trabajadores del santuario? Parecen simples peones de albañil, y son levitas del Señor: vestidos de andrajos, manchados de cal, más pobres que el propio Francisco de Asís... Pero un día verás, verás... Dios los transformará en apóstoles y enviados de Cristo; heraldos de civilización, se repartirán el mundo para anunciar el Evangelio...”

Fuentes: DonOrioneEscritos; DonOrioneAr

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